Antes de nada, me gustaría aclarar que la historia que hoy nos visita no se trata de una invención mía. La escuché, no recuerdo el tiempo ni el lugar, ni tan siquiera el medio que utilizó para llegar hasta mi mente. Tampoco conozco si sucedieron realmente los hechos como a continuación narraré, pero supongo que, como las demás historias contadas y trasmitidas a lo largo de los siglos, tendrá cierto contenido real y otro que no lo es tanto, pero que en el trascurrir de los tiempos, ambos han sido mezclados, hasta ignorar, la propia historia, que hay de cierto y que hay de magia en ella.
Transcurre la acción en un alejado reino, en tiempos ya remotos, digamos que en el seno de una ciudad amurallada, donde se hacinaba una gran cantidad de población, que comenzaba a aprender a vivir en lo que hoy conocemos como grandes ciudades. Ésto al principio no era sencillo, y las autoridades para hacer prevalecer la ley y el orden necesarios para que la convivencia entre los ciudadanos fuera minimamente admisible, no les temblaba el pulso al ordenar aplicar la justicia y castigar a todo aquel que osase salirse por la tangente del orden establecido.
En medio de este paisaje, habita nuestro protagonista, verdugo de profesión, por no decir de devoción. Generaciones enteras de todo tipo de delincuencia habían sido pasadas por el afilado borde de su reluciente hacha. Esta macabra circunstancia, la de cortar cabezas digo, había engendrado en él, incomprensiblemente, cierta búsqueda obsesiva por la inerte belleza que tan importante parte del cuerpo adquiere una vez cercenada del restante esqueleto. Como si de una una abstracción se tratará, nuestro hombre, cuando todo terminaba, observaba absorto aquellos siniestros restos sin vida, escrutando en ellos la mismísima esencia de la beldad que es innata al cuerpo humano. Por supuesto, no siempre la encontraba. Las más de las veces, los eventuales visitantes de su cadalso, pertenecían a clases aplastadas por la sociedad. Gente ruin, vulgar, delincuentes o asesinos de rasgos toscos, nada agradables a la vista. Pero de vez en cuando, se encargaba de dar la dolorosa transición a gente arraigada en las altas esferas de la sociedad, y casi siempre esas personas ostentaban facciones más dulces, más amables, rasgos más delicados y en ellos creía acercarse tanto a su añorada belleza que se veía tocándola con las puntas de sus dedos, por no decir con el filo de su hachón.El tiempo pasó, y el cansancio poco a poco fue atenazando los músculos que le permitían dar la certera embestida que separa a la vida de la muerte. En su involuntario retiro, la obsesión por tan particular búsqueda se vio acrecentada. Un buen día, paseando por una maloliente plaza de la ciudad, una imagen lo cautivó. Se trataba de una Venus Afrodita que partía en dos las aguas de una gran fuente de alabastro. Aquello se acercaba tanto a lo que infructuosamente había sido escudriñado por él, que no dudó ni un instante en visitar al autor de tan majestuosa proeza del arte. Vivía a las afueras de la ciudad, esto es, fuera de la muralla, y en su taller, junto a grandes bloques de piedra virgen, todavía por tocar, se encontraban bellísimas imágenes esculpidas en la fría roca. No en vano, era el maestro oficial del reino. Suyas eran todas las estatuas que relucían y homenajeaban diferentes hechos y personajes a través de la historia. Suyos eran los fieros leones grises que coronaban las escaleras que daban acceso al palacio de justicia. Suyas las frías efigies de los grandes hombres que de alguna manera u otra habían trascendido para el bien de la ciudad. Suyos los magníficos caballos alados que relucían en la plaza principal del pueblo.
Era un hombre mayor, en el límite de la ancianidad. De adusto gesto, y espalda curvada, cabellos y barbas teñidas perpetuamente del blanco que lloraban sus obras cuando eran esculpidas. Recibió a regañadientes a nuestro hombre, ya que era de costumbres algo hurañas, y acostumbraba a recibir escasas visitas. Pero cuando escuchó la historia y el encargo del verdugo, quedó clavado en el sitio, ensimismado, mirándolo fijamente, pero quieto. Se convirtió por un momento en una estatua más de las muchas que aquel taller habitaban. Esculpir el rostro más bello del mundo. No dudó. Aquello no era un encargo más de un viejo verdugo loco. Aquello era un reto propuesto por la divinidad, que había manejado torpemente a aquel hombre para ser oída. El maestro, tras largo silencio aceptó el encargo, pero a condición de que el verdugo, una vez terminada la obra, le entregase sus dos ojos.
Nuestro hombre, asustado por el truculento trato ofrecido, dio dos pasos hacia atrás. En un irrefrenable torrente de sentimientos contradictorios, el verdugo realizó su contraoferta. Si el precio que vos pedís por esculpir el rostro más bello son mis dos ojos, entonces desearía conservar la vista de uno de ellos siendo esculpido tan sólo la mitad de aquel, dijo con voz firme, decidida a pesar de tan funesto desenlace. El escultor aceptó, e instó al viejo a regresar por su encargo tres meses después.
La espera se hizo larga, pero el tiempo pasó, y llegado el día se apresuró en ir a recoger aquello que tanto había añorado a lo largo de toda su vida. El preciado pago habitaba un frasco de cristal que guardaba en el bolsillo delantero de su gabán. Acompañó al maestro, que lo llevó a un apartado rincón oscuro de su taller, alumbrado por una tenue luz que acariciaba los contornos que iluminaba. Con un firme gesto, el escultor destapó la media cabeza de alabastro. En un principio, nuestro hombre se quedó pálido, sin respiración, con un brillo en su mirada que nada tenía que envidiar al emitido por todas las estrellas del universo juntas, incluido el sol. Se acercó a ella tembloroso. Palpó con sus manos las leves curvas, los suaves rasgos, las tersas facciones dibujadas con finura a mágico golpe de cincel. Las lágrimas inundaron el ojo del verdugo. Llevaba toda su vida buscando exactamente eso. La Belleza. Aquella tan sutilmente interpretada por el maestro escultor. De repente, se volvió de espaldas a la pétrea cabeza y al viejo artesano, y llevándose la mano a la cara, emitió un alarido apenas perceptible. Con el rostro ensangrentado, encaró al escultor, entregó la otra mitad del precio inicialmente pactado y, de nuevo, con voz firme, le dijo: Acábala.

9 comentarios:
Te has superado hermano, es una gran historia. Últimamente estas que te sales. Parece que te sentó bien la lavativa de agua salada.XDDD. Ah y gracias por el "viaje".XDD.
Muchas gracias socio. Últimamente estoy bastante liadillo, y no escribo todo que quisiera, ni leo tanto como necesito. Lo que escribí al principio es totalmente real. Esta historia vive en mí desde tiempos inmemoriales, sólo que de repente, sin saber muy bien porque, la he vomitado. Es por este motivo por el que cada vez creo más en que son las historias las que nos utilizan como simple vehículo para darse a conocer.
De nuevo gracias hermano.
un relato estupendo. coincido con Nuevo ícaro, estás que te sales. Eso de que somos meros vehículos de las historias que nos rondan, es muy interesante.
no hacen falta ojos para descubrir la belleza interior, bastan las manos, la voz, el oído...
saludos.
Pues cuando tengas tiempo no sé lo que escribirás, porque esto está buenísimo amigo... Lo he devorado y me ha encantado.
La historia es muy buena y nos la has contado con maestría:
Esas barbas empapadas del blanco que lloran las esculturas...
Muy bien Prometeo. Es una delicia visitarte.
Bicos.
Pd: Jajajajaja: ¿sabes cual es la palabreja de verificación que me piden?: beyezu... jajajaja.
Genial, simplemente genial
Un beso
Vaya, entre Nuevo Ícaro y tú me tenéis asombrada!! Felicidades!!
Me ha dejado pasmada. Precioso. Genial.
Increible.
Gracias por este momento :D
Un beso
Asombroso,recreas los ambientes de una forma tan trepidante que tengo que leer rápido la primera vez ya que me creas impaciencia.
estoy enganchada a este estilo tuyo tan peculiar y Edgariano.
saudos
Bueno, lo primero que debo hacer es pediros disculpas a todos, porque este fin de semana estuve un tanto disperso, y no tuve oportunidad de conectarme y contestar como siempre hago a vuestros comentarios. Un secreto, lo peor no fue no poder contestar, peor fue no poder leeros. Os eché de menos.
Lo segundo que debo decir es que sois, sin lugar a dudas, mejores amigos que críticos. Os habéis pasado, y debo combinar mis agradecimientos por vuestros halagos, con mi deseo de ver algún comentario con algún fin constructivo que me permita ver esto desde otro punto de vista. Bueno, pero decir que esoty agradecísimo por vuestros amables comentarios. Faltaría más.
#chufowski: Amigo mío, tú escribes ¿en serio no has tenido esa sensación alguna vez? ¿no te has visto manejado por una historia? Lo peor es que al final, casi ninguna de ellas nos reconoce.
La belleza claro que no sólo se ve con los ojos, sin embargo yo interpreto el acto del verdugo como un paso allá, como el placer de, ya no obtener la belleza, sino sencillamente que ésta exista. Un acto desinteresado y absolutamente altruista.
#pitima: No sé que decirte, además de ponerme muy rojo. Que lo que me parece una pasada es que alguien lea mis relatos. Eso si que me parece una delicia.
Lo de la palabra de verificación, alguien nos observa desde la espesura... :P
#diana: Tú sí que eres sencillamente genial.
#hadex: Tendré que acabar por comprarme un cartucho de tinta roja, que me la agotáis. Muchas gracias niña.
#alba: Viniendo de quien viene, me lo tomo como un infinito halago, mi particular musa de los sentimientos hechos blog.
#vermella: es el principal problema del relato corto. El espacio, el tiempo ha de recrearse al detalle con lo mínimo posible. Para eso deben ser lugares y situaciones muy extremas para que sean identificadas en dos pinceladas. Tú también lo sabes, y no solo eso, sino que lo pones en práctica.
Gracias a todos por leerme amigos. Me habéis abrumado. Gracias.
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