LA HUELLA
Ahora que ya no estaba, permanecían latentes en él las manías, o tal vez los actos, que con el día a día se van absorbiendo, y haciendo tuyos, de la rutina convertida en costumbre, de ciertos aspectos que se saben molestos en la otra persona, y que vas lijando, o moldeando, o eliminando de tu diario quehacer, y que de pronto te son ajenos, y desconoces o repudias de que una vez te fueron propios. Así, antes de convivir con ella, su mundo era un constante caos de ideas sueltas, que se trasladaban al mundo físico transformadas en desorden y en cierta desidia por mantener determinadas presencias que se consideran correctas. Era desaliñado, y en su apartamento reinaba ese estado natural de las cosas cuando no son cuidadas, o sencillamente no se dedica mimo o cierto celo en ello.
Sin embargo, desde que comenzó a vivir con ella, comprendió desde el principio que esta dudosa cualidad debía mutar, puesto que su compañera era una impenitente amante de la higiene y del buen orden de las cosas, incluso llegaba a dedicar a su consecución gran parte de las horas de lo que se supone ocio. A lo largo de los años, ese aspecto ajeno lo hizo suyo, hasta el punto que ahora, cuando ella ya no estaba, se había convertido en lo que se conoce por un trastorno obsesivo por la limpieza. El polvo no era bienvenido en sus lustrosos suelos de mármol, abrillantados casi hasta llegar a la extenuación cada mañana. Su tarima relucía y carecía de cualquier tipo de partícula ajena a la propia constitución de tan noble material. Sus encimeras eran espejos, y sus cristales se antojaban cuasi invisibles. Sus impolutos muebles repelían cualquier atisbo de suciedad, por temor a ser nuevamente azotados por la ira de una bayeta, que se había convertido en una constante prolongación de su mano.
Así mataba las horas de aquella involuntaria soledad sobrevenida después del accidente. Era una forma de intentar contagiar, o propagar el orden y la higiene exterior a su atormentada vida interna. A la de su mente. A esa que no alcanzaba con ningún trapo, ni era capaz de disolver mediante el sinfín de productos de limpieza que habitaban, junto a él, su casa.
Una radiante mañana de junio, tras haber hecho la rutinaria y exhaustiva limpieza, se percató de la existencia de una minúscula huella digital en el cristal de la ventana del dormitorio, casi imperceptible para unos ojos no acostumbrados, como los suyos, a encontrar cualquier tipo de átomo fuera de lo normal, aún siendo este etéreo, como lo era aquella. Trató de hacer repaso mental, y creyó recordar haber limpiado con empeño todas las ventanas de la casa aquella mañana. Una mala jugada de la memoria, pensó, un lapso que se le antojaba imperdonable, pues tan seguro estaba de su limpieza, como del sacrilegio que suponía haber sido él mismo el causante de tan antihigiénico acto. Este hecho habría pasado de puntillas por su memoria para más tarde ser borrado de ésta, de no haber sido que a la mañana siguiente se repetía, con el agravante que supone la conciencia de que esta vez, y quizá no la otra, había actuado con total corrección, tanto a la hora de limpiar, como a la hora de no haber impregnado la virgen superficie vítrea de la sucia materia oleosudorípada de la que pensó, estaría compuesta una mugrienta huella. La inicial indignación de tan execrable acto daba ahora paso al súbito cosquilleo que trae asociado un hecho inexplicable, carente de toda lógica o no perteneciente a esta dimensión de mortales existencias. No le cabía duda. Desde el primer momento lo vio claro. Sabía que aquella sutil forma de manifestar una incorporal presencia era la de ella. Sólo ella conocía su compulsiva obsesión por la limpieza en general, y por la absoluta transparencia de los cristales en particular. Sólo ella sabía que ese hecho no le pasaría jamás desapercibido. A pesar de todo, decidió borrarla nuevamente, esmerándose más si cabe en lustrar la superficie. Trataba así de forzar de nuevo a su fantasmagórica amante a repetir la visita la mañana siguiente, para hallar en estas repentinas apariciones la medicina precisa a su poco llevadera soledad.
Y así sucedió. Sólo que esta vez, en lugar de limitarse al vidrio de su habitación, decidió prolongar su estancia para constatar, con digital evidencia, su presencia en la encimera de granito negro de la cocina. Paulatinamente sus huellas fueron apareciendo en más y más lugares de la casa. Incluso en la pantalla del móvil, en el televisor de plasma, en la mesita de noche… Fue de esta extraña manera como él se sintió ectoplasmicamente acompañado hasta el fin de sus días y desterró perpetuamente a la soledad de su vida.